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¿Vale la pena salvar al oso panda?

¿Vale la pena salvar al oso panda? El oso panda es caro, ineficiente y poco funcional desde cualquier lógica de mercado o evolución. Sin embargo, lo seguimos cuidando. Este artículo explora qué nos dice eso sobre el verdadero funcionamiento de la economía: cómo valoramos lo simbólico, lo emocional y lo inútil. Entre Darwin, Menger y las emociones colectivas, descubrimos que la economía no es solo números: es también lo que decidimos preservar, incluso cuando no conviene. Una reflexión crítica sobre mercado, emoción y humanidad.

Matías Rivero
Matías Rivero
27 de may de 2025
¿Vale la pena salvar al oso panda?

Cuando el mercado no entiende de ternura, pero nosotros sí.

El oso panda es un caso testigo. Come lo mismo todos los días, no se reproduce con facilidad, necesita cuidados extremos y cuesta millones mantenerlo vivo. En cualquier lógica darwiniana —o de mercado puro— esta especie ya debería haber desaparecido. No es eficiente, no es adaptable y no cumple una función ecológica clave como sí lo hacen las abejas o los murciélagos. Pero ahí está: mimado, fotografiado, financiado y defendido como si fuera un tesoro nacional.

Ahora bien: ¿de verdad tiene sentido gastar tantos recursos para sostener a una especie que parece hacer todo lo posible por extinguirse sola? ¿O deberíamos dejar que actúe la selección natural —o incluso el libre mercado— y aceptar que no todos tienen por qué sobrevivir?

Como economistas, aprendemos que la asignación eficiente de recursos implica elegir. Elegir entre lo útil y lo inútil, entre lo rentable y lo sentimental. Y sin embargo, el caso del panda nos descoloca. Porque no tiene sentido económico... pero tiene sentido humano.

 

Darwin no administraba presupuestos

Charles Darwin explicó cómo las especies más adaptadas sobreviven, no porque sean más lindas o queribles, sino porque logran reproducirse mejor y aprovechar los recursos disponibles. Ahora bien, Darwin nunca tuvo que hacer un presupuesto nacional ni administrar una partida del Ministerio de Ambiente. Si lo hubiera hecho, tal vez habría mirado al oso panda y dicho: "se extingue solo, no hay nada que hacer".

Y sin embargo, hoy gastamos millones en su preservación. Destinamos fondos a la protección de entornos naturales, centros de reproducción asistida, equipos de científicos, campañas de concientización y merchandising ecológico. Todo para sostener a un animal que, si fuera evaluado con criterios de mercado o de biología estricta, estaría fuera del sistema.

Es como subsidiar una pyme que no innova, no exporta y da pérdidas sostenidas. Pero claro, el panda tiene una ventaja que no se mide en Excel: nos genera ternura. Y eso —aunque no lo parezca— también entra en el juego económico.

 

El valor del panda: ¿económico, simbólico o emocional?

Si uno se guía por la planilla, el panda no vale lo que cuesta. Pero si se guía por lo que genera, la historia cambia. Hay países que lo usan como herramienta diplomática (China presta pandas a zoológicos como gesto de buena voluntad), marcas que lo imprimen en productos porque vende ternura, y parques que cobran entradas millonarias para ver a “ese animal que casi se extinguió pero no”.

Entonces, ¿el valor del panda es productivo? No. ¿Es emocional? Sí. ¿Eso lo invalida? Para nada.

El mercado, muchas veces, también se mueve por símbolos. Y la economía —aunque algunos todavía se resistan a admitirlo— no es sólo eficiencia, sino también narrativa. Como ha demostrado la economía del comportamiento, nuestras decisiones no siempre responden al interés racional. Valoramos lo que nos emociona, incluso si no genera beneficios concretos. Ahí entra el panda: es una inversión simbólica, no funcional.

En Argentina, por ejemplo, se han sostenido estructuras enteras del Estado por su carga simbólica o emocional, no por su rentabilidad. Desde fábricas sin productividad hasta festivales, trenes turísticos o subsidios a actividades que “no cierran” en términos contables, pero que nadie se anima a cortar.

Claro que esto abre una pregunta incómoda: ¿hasta qué punto preservar lo simbólico es un gesto colectivo legítimo... y cuándo se convierte en un gasto clientelar disfrazado de sensibilidad? No todo lo que emociona merece presupuesto, pero tampoco todo lo que no produce debe extinguirse. El equilibrio, como casi siempre en economía, es político.

 

¿Qué haría el mercado con el panda?

Un mercado puro, sin intervención, no subsidia especies en peligro. El mercado no tiene compasión: premia lo que funciona, descarta lo que no. Si el panda no genera valor, si no aporta productividad ni innovación, el mercado lo deja ir. No hay demanda suficiente, no hay utilidad marginal, no hay ganancia esperada. Fin del asunto.

Pero el problema es que el mundo real no es un mercado puro. Y, por suerte, tampoco somos agentes racionales de manual. Hay Estados, hay emociones, hay preferencias no monetarias, hay decisiones políticas que desbordan la curva de oferta y demanda. Y sobre todo, hay algo que el mercado no entiende: la voluntad humana de preservar, incluso lo que no sirve.

En la lógica del mercado, el panda está de más. En la lógica de la cultura, es un símbolo. ¿De qué? De resistencia, de ternura, de redención. De todo eso que no entra en una planilla, pero que muchas veces explica por qué se toman las decisiones que se toman.

¿Y sabés qué? Esa tensión entre lo que el mercado haría y lo que nosotros decidimos hacer igual, es donde aparece la economía como disciplina humana, no como sistema automático.

 

¿Qué significa “dejar que el mercado decida”?

Decir “que lo decida el mercado” suena a sentencia objetiva. Como si el mercado fuera una entidad externa, imparcial, que asigna premios y castigos según méritos fríos. Pero no. El mercado somos nosotros: una suma compleja de decisiones individuales, deseos, temores, creencias y emociones que se expresan con dinero... pero no se originan sólo en la razón.

Cuando protegemos pandas, no estamos yendo contra el mercado. Estamos ampliando su lógica. Porque el mercado también incluye lo simbólico. Cuando millones de personas están dispuestas a donar, consumir, militar o emocionarse por una especie, eso también genera precio. Y el precio, aunque lo queramos neutro, es el reflejo de cuánto valoramos algo. A veces, ese valor es funcional. Otras, profundamente emocional.

El error es pensar que hay una economía “racional” y otra “emocional”. En realidad, toda economía es emocional. Solo que algunas emociones son masivas, persistentes y cuantificables... y otras no. El panda tiene algo que pesa más que su utilidad: nuestro deseo de que exista. Y eso también forma parte del mercado.

Como enseñó Carl Menger, el valor no está en el objeto, sino en el juicio subjetivo de quien lo desea.

 

Salvar lo inútil: cuando lo emocional también tiene precio

Salvar al panda no es una decisión económica en sentido estricto. Es una decisión profundamente humana. No se trata de eficiencia, se trata de identidad. Así como existen políticas para preservarlo, también hay laboratorios que investigan cómo revivir especies ya extinguidas. ¿Es rentable? No. ¿Tiene sentido desde la lógica evolutiva? Tampoco. Pero lo hacemos igual. Porque hay algo en nosotros que se resiste a dejar morir lo que alguna vez nos conmovió.

Creer que el mercado es una máquina fría que decide por sí sola es ignorar su naturaleza. El mercado nunca es neutral. Nunca es ajeno. El mercado somos todos, con nuestras contradicciones, emociones y preferencias. Si el mercado decide salvar al panda, es porque millones de personas, desde su libertad, así lo prefieren.

Por eso, deshumanizar al mercado es una trampa peligrosa. Porque detrás de cada decisión, por más irracional que parezca, hay alguien que la sostiene. Que la desea. Que la paga.

Hay cosas que no se pueden medir, pero igual las pagamos. Otras que no sirven, pero igual las cuidamos.
Y eso, aunque no cierre en una planilla, también dice mucho de nosotros.

Y ahí, justo ahí, es donde entendemos que la economía no es sólo números.
Es cultura, es ética, es instinto.

Esto también es economía.

 

Matías Rivero
Sobre el autor
Matías Dalmiro Rivero

Economista y divulgador. Comparte análisis económico, finanzas y recursos para entender el mundo de manera simple.

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