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¿Los animales también hacen economía?

Solemos creer que la economía empezó con la invención del dinero, los bancos y los mercados. Sin embargo, la evidencia en primates y otras especies demuestra que mecanismos esenciales como la paciencia, la evaluación de riesgos, el costo de oportunidad y la cooperación surgieron mucho antes que las instituciones humanas. Este artículo explora cómo los animales gestionan recursos escasos y plantea una tesis provocadora: la economía no nació con las monedas ni con los contratos, sino con la necesidad biológica de elegir y renunciar frente a la escasez.

Matías Rivero
Matías Rivero
19 de ago de 2026
¿Los animales también hacen economía?

No tienen dinero, bancos ni mercados. Pero eligen, esperan, arriesgan, cooperan y administran recursos escasos. Entonces, ¿dónde empieza realmente la economía?

Imaginemos por un momento una economía sin pesos, dólares ni euros.

Sin bancos. Sin empresas. Sin tarjetas de crédito ni billeteras virtuales. Sin bolsas de valores ni precios colgados en una vidriera.

Demos un paso más: imaginemos una economía sin seres humanos.

¿Seguiríamos hablando de economía?

A primera vista, la respuesta parece un rotundo «no». Después de todo, solemos asociar la economía con la inflación, las tasas de interés, los impuestos o el comercio global: inventos estrictamente humanos.

Pero hay otra forma de plantear la pregunta.

En lugar de empezar por el dinero, podemos empezar por algo mucho más básico: la decisión.

Cualquier ser vivo dispone de alternativas limitadas. No puede hacerlo todo al mismo tiempo. Debe valorar, elegir y, al elegir, renunciar a algo. Y cuando los científicos observan el comportamiento de otras especies en la naturaleza y en el laboratorio, aparecen patrones asombrosamente familiares:

  • Animales que deciden esperar para obtener una recompensa mayor.

  • Animales que miden cuánto riesgo están dispuestos a correr.

  • Animales que cooperan para conseguir lo que solos jamás alcanzarían.

  • Animales que intercambian bienes y favores.

  • Animales que gestionan su tiempo y su esfuerzo como si tuvieran un presupuesto.

Esto no significa que los chimpancés lleven una contabilidad ni que los monos jueguen a la bolsa. Pero sí nos empuja a una pregunta fascinante: ¿y si las raíces de nuestras decisiones económicas son millones de años más antiguas que el dinero?

Un chimpancé frente a dos uvas: el dilema de la paciencia

Uno de los debates clásicos en economía es cómo nos relacionamos con el tiempo: la famosa «tasa de descuento temporal» o, dicho en criollo, la impaciencia.

Un inversor abre una aplicación en el teléfono y calcula el rendimiento de su dinero a veinte años. Un chimpancé no hace nada de eso. Y, sin embargo, cuando el experimento deja de lado los números abstractos y pasa a utilizar comida real, las cosas toman un giro inesperado.

La investigadora Alexandra Rosati y su equipo compararon cómo chimpancés, bonobos y humanos adultos eligen entre dos opciones: recibir una recompensa pequeña de inmediato o esperar un poco para obtener una recompensa mucho más grande.

Los resultados fueron demoledores.

Frente a recompensas tangibles de comida, los chimpancés demostraron una capacidad de espera notablemente superior a la de los humanos evaluados. En una de las pruebas, los chimpancés eligieron esperar por la porción mayor cerca del 72 % de las veces, mientras que los adultos humanos apenas alcanzaron el 19 %.

Dicho sin rodeos: frente a un plato de comida real, un chimpancé puede ser más paciente que nosotros.

¿Significa esto que los simios planifican su jubilación? Por supuesto que no. Lo que demuestra es algo más profundo: los humanos hemos inventado el dinero, un artefacto cultural brillante que nos permite postergar el consumo durante décadas. Pero cuando nos quitan esa abstracción y nos ponen el premio cara a cara, nuestra supuesta superioridad racional tambalea.

La paciencia no es una línea recta donde el ser humano siempre está en la cima; depende del contexto, del recurso y del costo biológico de esperar. Y eso es un dilema puramente económico.

Trabajar juntos sin firmar un contrato

Imaginemos a dos primates frente a un mecanismo con comida: una bandeja pesada que solo se mueve si ambos tiran de dos cuerdas al mismo tiempo. Si uno tira y el otro se distrae, ninguno come.

No tienen abogados. No pueden firmar un contrato vinculante ni prometerse nada con palabras. Tampoco pueden demandarse ante la justicia si el socio abandona la tarea.

Aun así, investigaciones en primatología demuestran que muchas especies aprenden a coordinar esfuerzos, sincronizar fuerzas y sostener la cooperación en el tiempo.

Los investigadores Sarah Brosnan y Bart Wilson han impulsado lo que hoy se conoce como economía comparada: el estudio de cómo otras especies resuelven problemas que desvelan a los economistas, como la reciprocidad, la teoría de juegos y el intercambio.

En diversos experimentos, algunos primates incluso aprenden a entregar fichas plásticas a los investigadores a cambio de comida. ¿Inventaron la moneda? No. El dinero humano exige una red inmensa de instituciones, confianza colectiva y lenguaje simbólico. Pero el experimento sí demuestra una base previa: la capacidad mental de intercambiar algo presente por un valor futuro no nació con el Homo sapiens.

El presupuesto biológico: elegir siempre es renunciar

Hay un recurso fundamental que ningún animal —humano o no— puede imprimir, pedir prestado ni acumular: el tiempo.

Supongamos que un animal dispone de una hora. Puede usarla para forrajear, comer, descansar, acicalarse o vigilar depredadores. Si conseguir una fruta ahora le cuesta el doble de esfuerzo y minutos, automáticamente tendrá menos tiempo para todo lo demás.

Eso es, exactamente, una restricción presupuestaria.

Modelos recientes del comportamiento animal (como la Teoría de Maximización Modular) muestran cómo los organismos distribuyen recursos limitados de tiempo y energía buscando maximizar su utilidad biológica.

Aquí reside una de las leyes de oro de la economía: el costo no siempre se mide en billetes. Si buscar comida te insume veinte minutos extra, el costo real es todo lo que dejaste de hacer durante esos veinte minutos.

El animal no necesita pensar: «Mi costo de oportunidad marginal acaba de subir». Nosotros tampoco hacemos fórmulas matemáticas cuando esperamos cuarenta minutos en una fila: simplemente asumimos el costo de la renuncia.

¿Calculadores de riesgo?

Los economistas llevan décadas fascinados por cómo decidimos en situaciones de incertidumbre: qué riesgos evitamos, cuáles asumimos y por qué solemos desviarnos de la lógica fría.

Durante mucho tiempo se pensó que nuestros «sesgos» ante el riesgo eran producto de la cultura, la educación o la vida moderna. Sin embargo, estudios rigurosos comparando monos macacos y humanos frente a loterías y probabilidades han encontrado curvas de aversión al riesgo notablemente parecidas.

Más aún: investigaciones recientes muestran que la posición jerárquica de un mono dentro de su grupo social puede alterar la cantidad de riesgo que está dispuesto a correr al tomar decisiones.

Esto no convierte a un macaco en un operador financiero, pero sugiere que las reglas que guían nuestras decisiones bajo incertidumbre se apoyan sobre circuitos neuronales muy antiguos.

Entonces… ¿hacen economía o no?

Aquí es donde debemos evitar el entusiasmo simplista. Decir que un mono capuchino es un «pequeño economista» sería un error.

Los animales no crean bancos centrales, no cobran impuestos, no emiten deuda ni conceptualizan conscientemente la inflación o el costo de oportunidad.

Como advierte el filósofo y economista Armin Schulz, la ciencia no estudia a los animales para decir «miren, son idénticos a nosotros». La verdadera pregunta no es «¿este mono entiende de finanzas?», sino: ¿qué parte de las decisiones que llamamos económicas requiere exclusivamente lenguaje e instituciones humanas, y qué parte descansa sobre una herencia evolutiva compartida?

El salto de complejidad humano

La diferencia entre nosotros y el resto de las especies sigue siendo monumental.

Un chimpancé puede cooperar con un compañero al que conoce cara a cara. Nosotros, en cambio, podemos comprar un café producido por alguien a quien nunca veremos, en un continente que jamás pisaremos, pagando con una tarjeta digital respaldada por instituciones manejadas por desconocidos.

Construimos contratos a treinta años, seguros contra imprevistos futuros, mercados globales y sistemas jurídicos. Creamos una arquitectura institucional gigantesca para coordinar a millones de personas anónimas.

Ese es nuestro salto evolutivo. Pero ese edificio no se construyó en el vacío:

  • Para fundar mercados, primero tuvo que existir un cerebro capaz de elegir.

  • Para comerciar, tuvo que existir la capacidad de valorar y renunciar.

  • Para cooperar a gran escala, tuvo que haber mecanismos previos de confianza y reciprocidad.

  • Para administrar recursos, tuvo que existir la escasez.

Mucho antes de que se acuñara la primera moneda en la antigua Lidia, un organismo en la sabana ya tenía que decidir: ¿cazar o descansar? ¿arriesgarse o protegerse? ¿consumir ahora o reservar energía? ¿competir o compartir?

La economía empezó mucho antes de que le pusiéramos nombre

La economía no empieza con el dinero ni con los bancos. Empieza cada vez que un ser vivo se enfrenta a alternativas incompatibles, no puede tenerlo todo y se ve obligado a elegir.

Por eso, al final del día, la pregunta más reveladora no es si los animales hacen economía.

La verdadera pregunta es: ¿cuánto de nuestras decisiones económicas sigue siendo, en el fondo, profundamente animal?

Y esto también es economía

Fuentes y lecturas científicas de referencia:

  • Rosati, A. G., Stevens, J. R., Hare, B., & Hauser, M. D. (2007). The Evolutionary Origins of Human Patience: Temporal Preferences in Chimpanzees, Bonobos, and Human Adults. Current Biology.

  • Brosnan, S. F., & Wilson, B. J. (2023). Comparative economics: how studying other primates helps us better understand the evolution of our own economic decision making. Philosophical Transactions of the Royal Society B.

  • Schulz, A. W. (2024). Phylogenetic Economics: Animal Models and the Study of Choice. Philosophy of Science.

  • Sanabria, F., et al. (2024). Modular Maximization Theory: A Functional Account of Economic Behavior in Laboratory Animal Models. PsyArXiv.

  • Seak, L. C. U., et al. (2023). Systematic comparison of risky choices in humans and monkeys. bioRxiv / Cambridge Neuroscience.

  • Chaix-Eichel, N., et al. (2026). Social hierarchy influences monkeys’ risky decisions. Communications Biology.

Matías Rivero
Sobre el autor
Matías Dalmiro Rivero

Economista y divulgador. Comparte análisis económico, finanzas y recursos para entender el mundo de manera simple.

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