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La geometría era sentimental, no de Pareto. Fangoria entendió el mercado mejor que la facultad

¿Y si las llamadas “fallas de mercado” no fueran errores, sino límites del modelo para entender la realidad? Este artículo cuestiona una de las ideas más repetidas de la teoría económica y propone, con la ayuda de Fangoria, una lectura más humana y emocional del mercado. Externalidades, bienes públicos o monopolios no son defectos, sino formas reales de interacción que el modelo tradicional no logra capturar. Con ejemplos claros y referencias culturales, el texto invita a repensar la economía desde el deseo, no solo desde las curvas. Porque a veces, el mercado no falla: simplemente no entra en la fórmula.

Matías Rivero
Matías Rivero
27 de may de 2025
La geometría era sentimental, no de Pareto. Fangoria entendió el mercado mejor que la facultad

Cuando el modelo no alcanza, aparece el mito del error

Desde los manuales de economía hasta los informes de organismos multilaterales, la expresión “falla de mercado” se ha vuelto casi automática cada vez que la realidad se resiste a ajustarse al ideal de competencia perfecta. Pero esta noción —presentada muchas veces como técnica, casi objetiva— revela algo más profundo, casi espiritual: nuestra necesidad de encajar la complejidad del mundo en herramientas demasiado pequeñas.

Y si hay un modo más honesto de captarlo, es escuchando lo que dice el grupo Fangoria. En Geometría polisentimental, no lo expresan de forma literal, pero entre líneas sugieren algo profundo: que buscar lógica en lo irracional puede ser el error más sistemático del pensamiento económico moderno. Su metáfora de intentar congelar emociones en formas geométricas —cuadrados, esferas, polígonos— refleja mejor que cualquier tratado lo que ocurre cuando la economía insiste en traducir lo complejo a lo predecible.

Esta cancion es una cachetada poética a la economía del siglo XX. Para muchos modelos, si algo no encaja en la fórmula, se diagnostica como "falla". Pero quizá no hay falla, sino una racionalidad distinta, otra geometría: la sentimental. De eso trata este artículo. No todo se explica con curvas: a veces es puro deseo.

Primero, aclaremos: la economía no estudia entes mágicos, ni al “mercado” como un sujeto. Estudia millones de decisiones individuales que interactúan y generan efectos colectivos. Lo que llamamos “agentes económicos” son agregados de comportamientos humanos que actúan bajo incentivos, restricciones y contextos variados.

Pensar que el mercado “falla” como si se tratara de un motor que se bloquea o de un software mal programado es un remanente del cientificismo del siglo XX. Fue el siglo de la fe en los grandes sistemas, los equilibrios generales y la matemática perfecta. Cuando algo se salía del esquema, se sentenciaba: “falló”.

La economía del bienestar —con su obsesión por los óptimos, los equilibrios y la competencia perfecta— generó un modelo normativo que marcó todo lo otro como imperfección. Pero ¿y si el problema no es el desvío, sino la rigidez del modelo? ¿Y si el mercado no está fallando, sino respondiendo a incentivos que aún no vemos?

Esta noción de “falla de mercado” satisface una ansiedad crónica de la razón moderna: la de encontrar certezas, respuestas cerradas y explicaciones limpias. En esa ansiedad, se prefiere declarar defectuoso lo que no se comprende, antes que cuestionar los límites del marco teórico que usaron.

¿De dónde salió la idea de una “falla de mercado”?

Para entender cómo llegamos a hablar de “fallas de mercado” como si fueran errores de sistema, hay que viajar al corazón de la economía del siglo XX. En ese período, muchos economistas estaban convencidos de que podían construir modelos matemáticos que explicaran cómo debería funcionar el mundo si todos los actores se comportaran de forma perfectamente racional, con información completa y en mercados perfectamente competitivos.

Este tipo de economía —conocida como “economía del bienestar”— definió lo que se llamó óptimo de Pareto, un estado ideal donde nadie puede mejorar su situación sin empeorar la de otro. A partir de ese ideal, todo lo que se desviaba de ese equilibrio teórico fue etiquetado como una “falla” del mercado.

Uno de los primeros en trabajar esta idea fue Arthur Pigou, a comienzos del siglo XX. Él observó que a veces las decisiones privadas no coincidían con lo mejor para la sociedad. Por ejemplo, una fábrica que contamina puede generar beneficios privados, pero costos sociales que no están en su cuenta. A eso se lo llamó externalidad negativa, y Pigou propuso que el Estado debía intervenir, por ejemplo con impuestos, para corregir esa "falla".

A mediados del siglo, economistas como Paul Samuelson profundizaron este enfoque. Dijo que había ciertos bienes, como la defensa nacional o el alumbrado público, que el mercado no podía proveer eficientemente. A estos los llamó bienes públicos, y se dijo que el mercado “fallaba” porque no tenía incentivos para producirlos en la cantidad adecuada.

Más adelante, en 1958, Francis Bator escribió un texto titulado La anatomía de la falla de mercado, donde por primera vez se sistematizó el concepto tal como lo conocemos hoy. Para él, fallas de mercado eran los casos en que las decisiones descentralizadas no llevaban al bienestar social máximo.

Desde entonces, el concepto se volvió popular y terminó entrando en todos los manuales de economía. Se enseñó, y aún se enseña, que si hay externalidades, bienes públicos, monopolios o información imperfecta, el mercado no funciona “bien” y debe ser corregido.

Pero hay algo importante que no siempre se dice: todas estas situaciones son comparaciones con un mundo idealizado que no existe en la realidad. Es como comparar la vida real con una utopía teórica, y declarar que la vida es un fracaso por no parecerse a ella.

En este punto, vale recordar otra vez a Fangoria en Geometría polisentimental, donde se canta:
"Insistes en buscar la lógica de lo que es irracional por definición."

Esa frase, aunque escrita desde el arte y no desde la economía, dice más sobre la limitación de muchos modelos económicos que varios tratados académicos. Pretender que la conducta humana —deseante, contradictoria, simbólica, emocional— se ajuste a una geometría racional perfecta es negar su propia naturaleza. Y cuando esa geometría no encaja, se habla de "fallas". Pero quizás no hay fallas: hay otra forma de orden que el modelo no sabe ver. Como en la canción, no todo es lógica, y no todo puede reducirse a un sistema cartesiano.

Las supuestas fallas como lógicas del sistema

Ahora que entendemos de dónde viene la idea de la “falla de mercado”, vale la pena repasar algunos de sus ejemplos clásicos. No para negarlos, sino para reinterpretarlos. En lugar de ver en ellos anomalías, podemos entenderlos como manifestaciones legítimas de racionalidades múltiples, de sistemas de incentivos complejos o de estructuras sociales que no encajan en el molde teórico, pero que responden a lógicas reales.

1. Externalidades: cuando el costo no es invisible, sino compartido

Lo que Pigou llamó “externalidad” puede entenderse como una forma de interdependencia no contractualizada. Es decir: alguien toma una decisión, pero sus consecuencias afectan a otros que no participaron en ella. Un ejemplo típico es el de una fábrica que contamina un río y perjudica a los pescadores aguas abajo. No hay un contrato entre ellos, pero hay una relación económica real.

Ahora bien, que no exista un precio visible no significa que no exista una lógica detrás. La sociedad ha creado múltiples formas de gestionar estos efectos sin necesidad de llamar a un burócrata ni aplicar un impuesto automático.

Tomemos un caso simple: en una comunidad pequeña, si alguien hace ruido de noche, los vecinos se quejan. No hay multa, pero hay presión social. Esa presión es un mecanismo de ajuste informal, un sistema de incentivos construido socialmente. En contextos rurales, los regímenes de turnos para riego, los acuerdos sobre caminos vecinales o el uso del agua también funcionan así. La clave está en reconocer que no toda coordinación necesita precios explícitos ni intervención estatal directa.

Lo que a menudo se llama “falla del mercado” es en realidad una limitación del modelo económico para capturar formas alternativas de organización humana. Hay normas comunitarias, mecanismos de reputación, acuerdos implícitos y redes de cooperación que gestionan externalidades de forma eficiente, aunque escapen a la contabilidad tradicional.

Entonces, el problema no es que el mercado “falle”, sino que la interacción humana no siempre es cuantificable ni reducible a un número. A veces, la economía necesita afinar el oído más que el Excel. Como también nos recuerda Fangoria en otro pasaje de Geometría polisentimental, "Y si todo fuera tan fácil, me podría enamorar de alguien que piense lo mismo que yo." Esa línea funciona aquí como espejo: no siempre hay consenso ni armonía perfecta, tampoco en los mercados. La divergencia, la diferencia y el conflicto forman parte de la trama económica, tanto como del deseo humano.

2. Bienes públicos: cooperación, no carencia

La idea de que el mercado no puede ofrecer bienes públicos parte de un supuesto demasiado rígido sobre la conducta humana: que solo actuamos por beneficio propio, que evitamos todo costo si podemos, y que la cooperación sin coacción es imposible. Pero la realidad demuestra lo contrario.

La economista Elinor Ostrom recibió el Premio Nobel por mostrar que miles de comunidades alrededor del mundo gestionan de forma eficiente recursos compartidos, como sistemas de riego, bosques o pesquerías, sin necesidad de un Estado controlador ni de un mercado formalizado. ¿Cómo lo hacen? Con reglas claras, sanciones sociales, confianza mutua y mecanismos de vigilancia comunitaria. No hay magia: hay institución social emergente.

Pensemos en algo más cercano: un grupo de vecinos que organiza una garita de seguridad, mantiene una plaza o decide quién corta el pasto en un terreno baldío. No hay contrato, pero hay compromiso. No hay precio, pero hay valor. Esos bienes públicos locales existen porque la cooperación no es la excepción, sino parte constitutiva de nuestra vida económica.

Como bien canta Fangoria:

"No te niego, que es difícil dividir y armonizar."

Esa línea es clave: la cooperación no es automática, requiere diálogo, fricción, construcción. Pero ocurre. Todos los días. Y no necesita del Estado como único arquitecto, ni del mercado como único ingeniero.

Entonces, cuando se dice que el mercado “falla” porque no produce ciertos bienes, lo que en realidad está fallando es la imaginación de quienes no logran ver las formas de provisión alternativa. No hay falla: hay red, hay vínculo, hay reglas comunes.

3. Monopolios: eficiencia por concentración

No todo monopolio es sinónimo de abuso ni toda competencia garantiza eficiencia. En muchos casos, la concentración empresarial surge como una respuesta racional y eficiente a ciertas condiciones del entorno económico: altos costos fijos, infraestructuras costosas o tecnologías que permiten mejorar el servicio a medida que se escala. Es lo que se conoce como monopolio natural.

Tomemos el ejemplo de una red de subterráneos en una ciudad. ¿Tiene sentido que compitan dos empresas con túneles paralelos, duplicando obras y gastos? No. Lo más eficiente es que exista una sola red bien gestionada. Lo mismo puede decirse de las plataformas digitales, que ofrecen productos gratuitos y de calidad gracias a la escala, la acumulación de datos y el efecto red.

El punto clave es este: la concentración puede reducir costos, mejorar accesibilidad y aumentar la calidad del servicio. Eso no significa que no deban existir controles o límites al poder de mercado. Pero declarar toda forma de monopolio como “falla” es una lectura simplista y, muchas veces, ideológica.

Cuando el consumidor elige esa opción una y otra vez, no hay distorsión: hay preferencia. Y si millones de usuarios valoran esa eficiencia, rapidez o conveniencia, ¿dónde está exactamente la falla?

Como sugiere Fangoria en Geometría polisentimental:

"Un poliedro intuitivo, un circuito racional, que nos ayude a congelar, direccionar el momento."

A veces, centralizar no es dominar: es ordenar lo disperso, estructurar lo inabarcable. El monopolio no siempre encierra poder; a veces, expresa eficiencia en un contexto donde dividir sería duplicar el caos.

4. Información asimétrica: incertidumbre creativa

La información nunca fue, ni será, perfecta. Pero el mercado no colapsa por eso. Al contrario: activa mecanismos de señalización. Marcas, precios, garantías, reseñas, contratos, intermediarios, estándares de calidad, regulación reputacional... todo eso son formas que emergen para reducir la incertidumbre sin necesidad de perfección absoluta.

El intercambio económico no depende de que todos sepan lo mismo, sino de que existan formas de compensar lo que no se sabe. Una empresa nueva baja sus precios para hacerse conocida. Un productor sin marca ofrece muestras. Un consumidor busca reseñas antes de contratar. Cada parte actúa con lo que tiene, pero el sistema no se detiene: aprende.

Donde algunos ven una “falla”, hay en realidad un proceso de innovación institucional constante. La asimetría no es un error: es parte del dinamismo del sistema.

Como canta Fangoria:

"Una curva, una recta o una cuarta dimensión."

Porque no todos los actores perciben ni se mueven igual, y eso no hace fallar al sistema: lo vuelve más humano, más incierto y, sobre todo, más real.

 

Cada uno de estos casos revela que lo que se etiqueta como “falla” es, en verdad, una consecuencia natural de cómo decidimos en contextos reales. Son respuestas adaptativas. Son manifestaciones humanas. Son prueba de que el mercado no es perfecto, pero tampoco es ciego. Simplemente, no obedece a los planos ideales de quienes quieren verlo desde una torre de marfil.

 
Ni falla ni milagro, solo conducta humana

A lo largo de este recorrido, vimos cómo la categoría de “falla de mercado” no se sostiene como un diagnóstico objetivo. Es, más bien, un recurso intelectual ante la incomodidad de una realidad que no se deja atrapar fácilmente. Cuando el comportamiento humano no encaja en un modelo, no necesariamente hay error: puede haber complejidad, contexto, contradicción.

Las supuestas fallas no son roturas del sistema, sino expresiones de que los individuos no se comportan como entes ideales, sino como seres con deseos, historias, restricciones y sentidos propios. El mercado, en tanto resultado de esas interacciones, no falla. Solo no se comporta como algunos teóricos desearían.

Por eso, como dice Fangoria:

“Y si todo fuera tan fácil, me podría enamorar de alguien que piense lo mismo que yo.”

Pero la economía real no es un romance entre iguales. Es una coreografía caótica, polisentimental, imprevisible. Y ahí, justamente ahí, está su verdad: no en la perfección, sino en el desorden comprensible del deseo humano.

Matías Rivero
Sobre el autor
Matías Dalmiro Rivero

Economista y divulgador. Comparte análisis económico, finanzas y recursos para entender el mundo de manera simple.

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