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El Homo Economicus murió el día que alguien compró flores para su funeral

¿Y si te dijera que el consumidor promedio no existe? Que el modelo con el que se enseña economía no tiene mamá, ni culpa, ni ansiedad. Este artículo no es solo una crítica al Homo Economicus, es un llamado a pensar la economía con cabeza de sapiens y corazón de persona. Porque la vida no se modela. Se vive.

Matías Rivero
Matías Rivero
23 de jun de 2025
 El Homo Economicus murió el día que alguien compró flores para su funeral

Un día comprás algo que no necesitás. Otro día no podés ahorrar ni aunque quieras. Al siguiente, invertís por consejo de un tuit.
¿Eso es irracional? ¿O es profundamente humano?

La teoría económica tradicional te juzgaría. Pero no sos un robot maximizador. Sos una mezcla de emociones, recuerdos, dopamina y cultura.
Por eso este artículo no es solo una crítica a un modelo. Es una invitación a entenderte como realmente sos.

 ¿Quién es el Homo Economicus y por qué fue tan popular?

Durante más de un siglo, la economía orbitó alrededor de un personaje tan elegante como ficticio: el Homo Economicus. Ese ser racional, egoísta y perfectamente informado que toma siempre la mejor decisión posible, sin errores, sin dudas, sin arrepentimientos. Un ideal matemático que nunca existió, pero que durante décadas dominó los libros, las aulas y los modelos.

Sirvió para ordenar ideas, trazar curvas, escribir teorías limpias y simétricas. Pero la vida no es una curva.
Y las personas no funcionan como Excel.

El problema no fue usarlo como herramienta teórica. El problema fue empezar a creer que la gente debía comportarse así.
Así se construyó una economía que dejó de observar la realidad para intentar encajarla en un gráfico.

Y cuando forzás la realidad para que entre en una fórmula, dejás de entenderla.

La especie real: Homo sapiens sapiens

Vos no sos una función de utilidad.
Sos Homo sapiens sapiens: la única especie capaz de imaginar futuros, atribuir valor a símbolos como el dinero, comprar cosas que no necesita o regalar lo que no le conviene.

Tomás decisiones con emociones, recuerdos, intuiciones. No maximizás utilidad: contás tu historia con cada elección.
Y tus preferencias no son estables: cambian con el contexto, con el cansancio, con lo que pasó ayer. Comprás más si estás triste, te endeudás si tenés miedo, ahorrás cuando algo te conmueve.

Eso no te hace irracional.
Te hace humano.

Mientras la economía clásica buscaba equilibrio en los modelos, las neurociencias y la psicología empezaron a encontrar sentido en nuestras contradicciones.
Porque la emoción no es un error del sistema.
Es parte del sistema.

 

Sesgos, dopamina y decisiones con alma

La economía del comportamiento vino a ponerle nombre a lo que la intuición ya sabía.
Sesgos como la aversión a la pérdida, el anclaje, el sesgo de presente o la contabilidad mental no son fallas del consumidor.
Son el modo en que la mente simplifica decisiones complejas cuando el tiempo, la atención o la información escasean.

¿Y la dopamina?
Esa molécula que anticipa el placer —más que recibirlo— es clave para entender por qué compramos sin pensar, por qué nos cuesta ahorrar y por qué invertir nos genera ansiedad.

El ahorro no genera dopamina.
El deseo sí.

El cerebro humano no fue diseñado para maximizar funciones. Fue diseñado para sobrevivir en entornos inciertos, reaccionar rápido, buscar lo inmediato. Por eso respondemos al ahora, a lo emocional, a lo que brilla.
Por eso un “2x1 solo por hoy” nos tienta más que una tasa efectiva anual.

Y aun así, la economía tradicional sigue esperando que decidamos como si fuéramos máquinas.
Como si la dopamina no existiera.
Como si la vida entrara en una fórmula.

 ¿Y entonces? ¿Cómo debería repensarse la economía?

La solución no es tirar los modelos a la basura, sino aprender a complementarlos con humanidad.
Entender que la racionalidad perfecta es una fantasía útil… pero incompleta.

La economía conductual ya empezó ese camino: no parte de cómo deberíamos ser, sino de cómo somos realmente.
Y desde ahí, propone soluciones más empáticas, más inteligentes, más efectivas.

En lugar de pedirle a cada persona que se inscriba en un plan de ahorro, se la inscribe automáticamente y se le permite salir si quiere. Es el famoso opt-out. Funciona porque sabemos que postergar decisiones también es parte de ser humano.

En lugar de enseñar finanzas como si fueran física cuántica, se diseñan herramientas que dialogan con las emociones reales del consumo, con el deseo, con el miedo, con el agotamiento mental.

Y en lugar de exigir que el individuo elija siempre racionalmente, se crean entornos que lo ayuden a decidir mejor, incluso cuando no tiene tiempo, energía o claridad.

La economía no está para juzgar decisiones.
Está para entenderlas.
Y para entenderlas, hay que aceptar que la racionalidad es solo una parte de la historia.
La otra parte —la más compleja, la más interesante— somos nosotros.

Pensar la economía con rostro humano

Pensar la economía con rostro humano

Durante años nos hicieron creer que ser racional era sinónimo de ser correcto.
Que las emociones eran una interferencia.
Que todo podía explicarse en términos de eficiencia, utilidad marginal y equilibrio general.

Así fue como la economía se volvió más cómoda para el pizarrón que para la vida real.
Y así nació el Homo Economicus: una criatura sin pasado, sin dudas, sin vínculos, sin cuerpo.
Una ficción útil para simplificar, pero peligrosa para comprender.

Porque quienes tomamos decisiones no somos fórmulas.
Somos historias.
Tenemos memoria, intuición, miedo, deseo.
Elegimos con el corazón, con la panza, con el cansancio.
Y muchas veces, también, con el otro en mente.

El consumidor promedio no existe.
Y sin embargo, seguimos diseñando políticas, productos y discursos para alguien que nunca fue.

El Homo Economicus no tenía mamá, ni historia, ni ansiedad.
No lloró por perder un trabajo, no compró para llenar un vacío, no se endeudó para regalar algo a quien ama.
Por eso era tan fácil de modelar.
Y por eso nunca entendió nada.

Es momento de dejarlo atrás.
No para romper con la teoría, sino para ampliarla.
Para incorporar al ser humano completo: con sus límites, sus emociones, sus vínculos y su contexto.
Para aceptar que la economía no solo se trata de recursos escasos, sino también de sentidos compartidos.

Porque cuanto más humana sea la economía, más útil será.
Más justa. Más cercana. Más verdadera.

Y esto también es economía.

Matías Rivero
Sobre el autor
Matías Dalmiro Rivero

Economista y divulgador. Comparte análisis económico, finanzas y recursos para entender el mundo de manera simple.

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