De la manzana a la piña: el deseo, la escasez y el nacimiento de la economía
¿Y si la economía nació del deseo de una manzana y se consolidó con piñas alquiladas? Prendete en una historia donde el prestigio y los símbolos dictan el valor, revelando que lo que realmente compramos son narrativas. Una mirada fresca a las fuerzas que mueven los mercados.



Hay economistas —especialmente aquellos que combinan pensamiento económico con cosmovisión teológica— que sostienen que la economía nace en el instante mismo en que Adán y Eva son expulsados del Edén. En ese jardín no había escasez, no existía el esfuerzo ni la asignación de recursos: todo estaba dado. No había precios, ni intercambio, ni necesidad de elegir. Era, en términos técnicos, un estado de abundancia absoluta. Y justamente por eso, no era un mundo económico.
La economía surge cuando el paraíso se pierde. Cuando aparece la necesidad, y con ella, la escasez. Y donde hay escasez, hay decisiones. Hay que elegir, priorizar, renunciar. Esa es la esencia del análisis económico.
Pero lo más llamativo es que este giro fundacional de la historia humana no fue causado por el hambre, ni por la escasez de bienes, sino por el deseo de lo prohibido. No había necesidad de comer ese fruto. Había algo más profundo: curiosidad, anhelo, imitación, rebeldía. Un impulso que trasciende la utilidad y se inscribe en lo simbólico. El deseo como ruptura.
Tradicionalmente se ha dicho que ese fruto era una manzana. La Biblia no lo especifica, pero durante siglos esa imagen se impuso como representación del pecado original. Así, una fruta cambió el destino de la humanidad. No por su valor nutricional, sino por lo que representaba. Por el simple hecho de haber sido deseada.
Ese momento —la caída, el destierro, el inicio del trabajo, del sudor y del intercambio— es también el inicio del mundo económico tal como lo conocemos. Y es ahí donde comienza esta historia, que siglos más tarde, en otro continente, encontraría su eco en una fruta distinta: la piña, símbolo de otro tipo de tentación. No la espiritual, sino la social.
La piña y el prestigio: el nuevo fruto del deseo en la Europa barroca
Siglos después de aquella caída fundacional, el deseo volvió a encarnarse en una fruta. Pero esta vez no en un relato mítico, sino en el corazón de las cortes europeas del siglo XVII y XVIII. El objeto del anhelo no era ya la manzana bíblica, sino la piña —o ananá—, un fruto tropical exótico, traído del otro lado del mundo, cuyo solo aspecto fascinaba a la aristocracia.
La llegada de la piña a Europa tras el descubrimiento de América marcó no solo una transformación alimentaria, sino también simbólica. En un contexto donde el poder se expresaba a través del control de lo raro, lo bello y lo costoso, la piña se convirtió en un bien de lujo absoluto. Cultivarla en territorio europeo requería invernaderos sofisticados, cuidados extremos y una enorme inversión de recursos. Su producción era escasa, su traslado arriesgado, su conservación frágil.
No se trataba de un alimento común. Se trataba de un símbolo.
Tanto era su valor social que surgió un mercado insólito: el alquiler de piñas para eventos. Las familias nobles o burguesas adineradas que no podían permitirse comprar una piña entera, la alquilaban solo para exhibirla en cenas, bailes o recepciones. El fruto no se comía. Se colocaba en el centro de la mesa, como una especie de tótem decorativo. Al finalizar el evento, se devolvía al proveedor, quien la ofrecía a otro cliente. Algunas piñas hacían varios "tours sociales" antes de pudrirse.
Este fenómeno es revelador: la piña no se valoraba por su sabor, sino por lo que comunicaba. No era un bien de consumo, era un bien de señalización. Una fruta que decía más sobre quien la mostraba que sobre sí misma.
Así, el deseo prohibido de la manzana encontró su reflejo secular en la piña alquilada: ambos frutos no alimentaban el cuerpo, sino la imaginación, el estatus, la necesidad humana de pertenecer o de destacar. La diferencia estaba en el contexto: si la manzana fue el detonante del exilio, la piña fue el pasaporte al prestigio.
Una fruta que no se come: consumo conspicuo y deseo mimético
El caso de la piña alquilada encarna a la perfección una idea central en la historia del pensamiento económico moderno: no siempre consumimos por necesidad; muchas veces lo hacemos por prestigio. En 1899, el economista y sociólogo estadounidense Thorstein Veblen desarrolló el concepto de consumo conspicuo para describir los hábitos de las clases altas: consumir no para satisfacer una carencia, sino para demostrar poder y superioridad social.
La piña no era saboreada, era mostrada. Su consumo era visual, simbólico. Como las joyas, los carruajes o los retratos encargados a pintores famosos, la piña era una declaración de posición social. Exhibirla significaba tener acceso a un bien costoso, escaso y culturalmente codificado como exclusivo. En términos veblenianos, era un bien posicional: su valor no residía en su función, sino en la distancia que marcaba respecto a los que no podían poseerla.
Este comportamiento se amplifica cuando incorporamos la teoría del deseo mimético de René Girard, quien sostiene que los individuos no desean de forma autónoma, sino imitando los deseos de los demás. El deseo se contagia. Lo deseamos porque otro —a quien admiramos o con quien competimos— lo desea primero. Así, la piña se volvió codiciada no solo por ser rara, sino porque los poderosos la deseaban. En palabras de Girard, el objeto es secundario: lo fundamental es la rivalidad por el estatus que ese objeto simboliza.
En este sentido, la piña funcionaba como una forma de capital simbólico, en los términos de Pierre Bourdieu. No era simplemente una fruta, sino un vehículo de reconocimiento social. Su exhibición en un evento no garantizaba alimento, sino algo más valioso en ciertos círculos: respeto, envidia, admiración. Era una inversión en imagen, reputación y pertenencia.
El mercado de alquiler amplificaba esta lógica. Permitía democratizar —de forma acotada y temporal— el acceso a un bien exclusivo, como hoy puede suceder con el alquiler de autos de lujo, relojes suizos o arte contemporáneo para recepciones corporativas. Lo importante no era la propiedad del bien, sino la posibilidad de asociarse a su poder simbólico, aunque sea por una noche.
El precio del deseo: reputación, especulación y lógica de burbuja
El valor de la piña en la Europa barroca no era estable ni estaba ligado a su utilidad. Variaba según el entorno social, el momento y la percepción colectiva. Era un bien volátil, no por su naturaleza, sino por la forma en que se lo deseaba. Esa dinámica —basada más en expectativas y apariencias que en valor intrínseco— no es exclusiva de los salones aristocráticos del siglo XVII, sino que anticipa con claridad las burbujas especulativas modernas.
Desde la tulipomanía en Holanda en 1637 hasta las memecoins en pleno siglo XXI, los mercados han mostrado una y otra vez su inclinación al delirio colectivo. En todos esos casos, lo que se compra no es el bien en sí, sino la promesa de que otro querrá pagarlo aún más caro mañana. Es la economía convertida en espejo de nuestras emociones, ambiciones y miedos.
La piña era alquilada varias veces antes de ser consumida, lo que multiplicaba artificialmente su valor de mercado. En cierto punto, ya no importaba si el fruto seguía siendo comestible: su verdadero rol era circular, prestarse a distintos anfitriones que querían brillar. Este comportamiento se parece, inquietantemente, al de los activos en mercados inflados, donde el producto pierde centralidad y la transacción se convierte en fin en sí mismo.
Aquí reaparece, con una crudeza renovada, aquella frase de Rosaura a las diez:
“Las mujeres son como las gallinas: basta que una pique la carne podrida para que las otras también la quieran.”
La comparación no es literal, pero su potencia simbólica es incuestionable. Basta que un inversor compre algo dudoso —una acción sin fundamentos, una criptomoneda sin utilidad, un NFT sin arte— para que los demás se sientan atraídos. No por el objeto, sino por el deseo que otros han proyectado sobre él.
Como explicaría Robert Shiller, premio Nobel de Economía, las burbujas no son errores racionales, sino narrativas contagiosas. Y pocas narrativas son más efectivas que aquellas donde alguien exhibe algo caro, escaso y codiciado. Sea una flor, una fruta, o un token.
La piña alquilada fue, sin saberlo, una antesala barroca del capitalismo financiero moderno: un activo cuyo valor era sostenido por la reputación, el deseo ajeno y la expectativa de ganar prestigio —o dinero— antes de que el objeto perdiera su brillo.
El precio del deseo: lo que realmente compramos
Desde la manzana del Edén hasta la piña de Versalles, pasando por los tulipanes holandeses, las acciones tecnológicas o las criptomonedas, hay un hilo invisible que une estos episodios: el deseo humano proyectado sobre objetos que, por sí solos, no lo justifican. No es el bien lo que vale, sino la historia que contamos sobre él, o mejor dicho, la historia que queremos que los demás crean.
La economía —al contrario de lo que muchos suponen— no es una ciencia fría ni neutral. Es un campo atravesado por la imaginación, la ansiedad, la envidia, la necesidad de pertenecer. Donde hay deseo, hay precio. Donde hay escasez, hay jerarquía. Donde hay estatus, hay imitación. Y donde hay una narrativa bien contada, puede haber una burbuja esperando estallar.
La piña alquilada no es solo una curiosidad histórica. Es una metáfora poderosa del tipo de comportamiento que hoy sigue impulsando decisiones de consumo, inversión y producción. Nos dice algo incómodo pero real: no siempre buscamos lo que necesitamos. Muchas veces buscamos lo que otros desean. Y en ese reflejo, se forman mercados enteros.
Tal vez por eso, el primer gran acto económico de la humanidad —la expulsión del Edén— no fue un intercambio comercial, sino una decisión basada en el deseo de lo prohibido. Desde entonces, cada mercado ha sido, en alguna medida, un eco de esa elección.
La economía comienza cuando el paraíso se pierde. Pero también empieza cuando nos damos cuenta de que lo que consumimos no son bienes, sino símbolos. Y que detrás de cada precio, hay una historia. A veces verdadera, a veces inflada, a veces simplemente deseada.

Economista y divulgador. Comparte análisis económico, finanzas y recursos para entender el mundo de manera simple.
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